domingo, 11 de marzo de 2007

Quiero golpearte fuerte

El mundo es violento. Todos los cambios que se realizaron a lo largo de la historia de la humanidad fueron promovidos por la violencia contenida de un grupo de personas y los escrúpulos manipuladores de otro de menor cantidad. La actualidad es el resultado de incontables batallas por la apropiación de algo y la construcción de una realidad que, en redundancia, es agresiva por su propia génesis.

Nuestros rostros son máscaras que nos fueron impuestas mucho antes de nacer. También fueron diseñadas con una cruel imperfección, en tiempos inmemoriables. Y todo esto fue posible porque vivimos años luz atrasados: somos una proyección creada hace miles de años. Nos repetimos una y otra vez; la originalidad ha muerto bajo el filo de la brutalidad.

Somos todos iguales, pero no desde el altruismo unificador y pacifista. Lo somos porque nada nos diferencia de nuestros antepasados. El círculo de la historia se cerró concediéndole la inmortalidad a un guerrero que solo necesita cambiar el velcro de su estandarte para avanzar sobre otro que también lo ha cambiado.

Soy mi abuelo, soy mi tátara abuelo y así hasta mi génesis. Yo soy él y todos convivimos en uno bajo distinta apariencia. Todos somos un vampiro que en lugar de beber la sangre de nuestras víctimas tratamos de perpetuar la especie y alargar nuestra vida como ramificaciones de nuestra descendencia. Pero nada nos diferencia. ¿Cómo sé todo esto? Porque no se me ocurre otra opción para el cambio que la violencia radical que confirma todo lo anterior que vive en mi y en todos... o la muerte.

lunes, 19 de febrero de 2007

La mediocridad

¿Qué pasaría si la historia fuese distinta?

Cambiarías todo, sería idéntico a tus sueños. La realidad es una construcción, pero que sedimenta sentido creando imaginarios sociales. Por eso no la podés transformar a tu antojo. Lo intentás, pero con eso no basta. Tu limitada capacidad de creación no puede ver más allá de la punta de tu nariz y por ello te cernís en tu ser, tus deseos, tus necesidades; en fín, tu ego.

Lo que ocurre en ese instante es que, más allá de altruísmo con el que intentes matizar tu ansia revolucionaria, no sos más que un egoísta tratando de acomodar el mundo a vos. De todas formas no existe voluntad de poder tan magnánima que pueda transformar la pulsión en hecho, la idea en obra. Siempre y cuando mantengas tus ojos entre cerrados.

Poder extender la mirada y comunicarse es el desafío primero. No podés cambiar todo acorde a un ideal unilateral. Pero si ver cuesta, y el esfuerzo no es muy grande, la depresión y la angustia de vivir en un mundo que no se quiere, ser algo o alguien que se detesta, mata lentamente. Tu vida se consume como (y en) el cigarrillo. Narcotizás tus sufrimientos con los vanos placebos de la diversión y los excesos. Un simple mediocre. Eso solo te va a cegar más y, una vez que te deje en tinieblas, va a continuar con tus demás sentidos. Toda forma de comunicación se extinguirá en tu angustia y finalizará con tu muerte: la única salida.

domingo, 11 de febrero de 2007

Multitud

Ya no distingo la realidad. Hablo con ellos, vivo como cualquiera puede hacerlo. No hay nada extraño en eso. Sus caras me son familiares, sus conductas y, sobre todo, las mias son normales. Pero luego mis ojos se abren.

A mi alrededor el mundo ha muerto. En la terraza mi única companía es el mate que extingue su vida útil a medida que vierto mecánicamente agua en él. Pero no habla. Es una cosa inerte que cumple una función. Ahora los escucho...

Son autos, algunas risas y murmullos. Reconozco que se trata de palabras, pero no puedo ordenar lo que escucho, tampoco de dónde provienen. El universo vacío que me rodea es lo más parecido al desierto: estoy solo. ¿Quienes sobrevivieron?

Ahora me pierdo en la multitud. Quizáz como Baudelaire, o el inmortal de Borges; soy invisible. Pero no los veo. Observo el mundo, pero no estoy en él.